Quizás esta sea la penúltima clase que describo en este
blog, la verdad me siento algo raro… Después de escribir tantas letras, tantas
emociones plasmadas en palabras impulsivas que mis dedos escribían sin analizarlas
me doy cuenta de lo tanto que me ha enseñado este curso en mi formación, no
solo profesional, sino más que nada “ética”.
Por esta razón, me parece importante destacar que la clase
que describiré ahora es una de las más emotivas a las que he asistido en mi
vida como estudiante.
Un grupo de compañeros tenía la misión de llevar un objeto
preciado a clases, algún amuleto que significara un valor sentimental gigante,
algo que nunca podrán dejar atrás donde quiera que vayan…
Llegué atrasado a clases debido a una tallarinata que se
atrasó, pero las sillas estaban dispuestas formando una circunferencia y el
centro sería, en un momento posterior, una concentración densa de recuerdos,
amores, emociones diversas que frotarían de mis compañeros.
Todos de pie, formamos dos círculos: uno sería conformado
por los compañeros a los que les tocaba hablar (el interior); el exterior sería
formado por aquellos que escucharíamos sus historias en silencio y respeto.
Quedamos solo con el profesor Félix, me cae bastante bien, su voz es relajante
y admito que en actividades reflexivas tiene muy buen enganche. Entonces comenzó
la experiencia maravillosa: Comenzó mi compañera Javiera describiendo una muñeca
que significaba bastante para ella, desde pequeña. Así continuaron todos, la
idea era desligarse del objeto simbólicamente y “regalárselo” a un compañero
del círculo pequeño (todo de manera simbólica para demostrar que esa persona
significa algo, existe en tu mundo).
En fin, muchos compañeros se sensibilizaron y terminaron en
llantos. Sin embargo, no eran llantos de pena ni de sufrimiento, más bien
parecía ser una liberación de energía como si cada una de las personas que
habló fuese un cofre con secretos dentro que ansían ferozmente salir y ser
libres, darse a conocer y que los demás los entiendan.
Sentía que la oscuridad y penumbras de la sala nos envolvían
a todos, nos acurrucaban como si perteneciésemos a ellas, como si no existiera
nada más fuera de la sala que nos importe realmente tanto como las palabras que
dictaban mis compañeros. Personalmente sentí alegría más que pena, no sufría
por mis compañeros porque sabía que, en el fondo, todos tenemos aquel objeto físico
o espiritual, que nos acompaña y nos da fuerzas cuando sentimos que el cielo se
cae a pedazos y existe el riesgo de que uno de estos pedazos caiga sobre
nuestros rostros.
Bueno, finalmente creo que queda solo una clase… Me carga el
sentimiento que acontece en mi cuerpo porque me recuerda al que sentí cuando
egresé de cuarto medio y tenía la certeza de que habían compañeros a los que
quizás nunca más volvería a ver. En este caso, obviamente sé que veré los
rostros de los profesores y muchos compañeros pero me siento más maduro, más
fuerte y más resistente emocionalmente… Extrañaré estás clases, eso es seguro.